El día de ayer me encontré, gracias a mi esposa, el blog del ptr. Miguel Ángel Núñez. Él es un escritor, pastor y doctor adventista de Chile, muy conocido por un devocional para jóvenes de hace algunos años. También lo tuvimos en una semana de oración en la Universidad de Montemorelos. En el primer artículo, De la alabanza al funeral y de regreso a la alabanza, relata su experiencia cuando llegó a la iglesia, y una frase que me gustó mucho es:

 

Vengo pensado hace mucho tiempo que creer que mi música es superior a la de otro, es de alguna forma creer que mi oración es más “santa” porque la realizo en un idioma en particular o porque uso palabras más floridas que otro.

El artículo completo lo puedes leer en “De la alabanza al funeral y de regreso a la alabanza” El segundo artículo, Presunción de algunos “creadores” y “expertos”, habla sobre  la tolerancia y el “espíritu de inquisición” que parece haber en nuestras iglesias. Cito

 

He estado entre indígenas de Perú, con comunidades rumanas, con grupos yugoslavos, con latinos de Sudamérica y con otros que viven en otras geografías, con anglos y germanos, con italianos y españoles… La única conclusión que tengo es que el adorador es un factor que no puede ser sacado de la ecuación. Convertirme en juez de la adoración de otro es un derecho que no tenemos

Te invito a leer todo el artículo en Presunción de algunos “creadores” y “expertos”

 

Agrego unos comentarios muy buenos que me hizo mi amigo Carlos López:

¿Quién se atreve a afirmar cuáles son los “gustos” del Eterno? Así de pequeños como somos, así de pequeños queremos manufacturar los pensamientos de Dios.. Una frase que desde pequeño escucho, es que “Dios es un Dios de orden” ¡Y quién te dijo que lo que entendemos por “orden”, es el mismo “orden” de Dios! Le dicen eso ¡al Creador de la entropía!

“Allá en el cielo azul” (que es negro) en el centro de las galaxias, hay increíbles sonidos como de enormes tambores siderales; ¡suena la música de las esferas! suenan como orquesta espacial los planetas y sus anillos, los pulsares y los hoyos negros! Sí están allí esos sonidos, Alguien los puso; Pero los que ignoran eso, regularmente son los que se asustan porque alguien se atrevió en el templo a tocar una nota alta, un pandero o un tamborcillo.

¡Cositas! el día que entendamos en qué consiste la verdadera adoración (hacer la voluntad del Señor; entregar todo lo que tenemos y lo único a veces) ese día seremos una iglesia más sana;

Ya se la saben, pero se los recuerdo:

Había una vez un clérico bohemio, alemán, teólogo, músico y escritor. Le daba por escribir poesía. Como a la mayoría de los alemanes le gustaba la cerveza; Un día, en la taberna, frente a su tarro de cerveza escribe un poema, y se le ocurre ponerle música. No encontrando más, oye a los juglares que en ese momento cantaban la de moda y se la pone a su letra.

El cura se llamaba Martín Lutero y la rola se llama “Castillo Fuerte”, uno de los himnos emblemáticos del protestantismo. ¿Y luego, cómo llego a lo que llegó?

Quizá, alguien leyó al siguiente sabio hablando acerca de la música:

Allá por el año 1138 nació en España Maimónides, uno de los hombres mas eruditos del mundo occidental. A este sabio, rabino judío, en una ocasion le consultan acerca de una discusion que se traian los diferentes cantores de la comunidad. Contesta en el Tratado de Avot: “(…) He visto a ancianos y gente piadosa de nuestra comunidad que, en festejos como bodas o similares, desaprueban a quien desea cantar en árabe. Y lo hacen así aunque el tema de la canción valore la valentía, la generosidad o el vino, en cuyo caso se encuadran dentro de la categoría de los recomendados. Sin embargo, condenan tales cantos y llegan incluso a prohibir que se los escuche. Pero, si la canción es en hebreo, no la condenan, independientemente del contenido de la canción, a pesar de que se trate de cosas que se encuadran en la categoría de lo que está vedado o de las cosas despreciables. Esto es un completo disparate, porque no es el idioma lo que se prohíbe, permite, recomienda, reprende u ordena, sino el contenido. Así pues, si el tema del poema es positivo, habrá que recitarlo y, si fuese denigrante, no debe entonarse con independencia, en ambos casos, del idioma en que se exprese. Si huibiese dos canciones, una en árabe y otra en hebreo, cuyo tema acrecentase y ensalzase la pasión, ambas caerían dentro de la categoría de lo reprensible…”

Hasta aquí Maimónides.